Maurice_Herzog_Post

En el ecuador del siglo XX ningún ser humano había conseguido coronar jamás una montaña de más de ochomil metros. Muchas naciones lo habían intentado sin éxito hasta el momento focalizando casi siempre las tentativas en el Everest, el pico más alto del planeta.

En 1950, una expedición francesa liderada por Herzog, Lachenal, Terray y Rebuffat se fue a Nepal para intentar ascender el Dhaulagiri. Las dificultades que se les presentaron desde el primer momento hicieron que reconsideraran su objetivo y se trasladaran a otro valle en busca del Annapurna, un pico del que solo tenían constancia por los mapas indios y que nadie jamás había intentado ascender. Durante la larga búsqueda por los parajes nepalíes los alpinistas franceses llegaron a creer que ese ochomil era solo producto de la fantasía y mitología.

Finalmente, cuando llegaron a su base, disponían de tan solo dos semanas para conquistarlo, pues el monzón estaba ya muy cercano. Herzog, movido por su capacidad de liderazgo y su pasión, estableció una estrategia para conquistar el coloso que le llevó a estar a más de 7000 metros, en una endeble tienda de campaña, compartiendo la noche del 2 de junio con su compañero de cordada Louis Lachenal.

Con los primeros rayos del alba salieron de la tienda y sin ni siquiera tomar nada caliente salieron hacia lo desconocido, con objetivo de cumbre.

Muy pronto, el cansancio y el frío comenzaron a atacar a aquellos dos hombres, que caminaban como zombies por las empinadas laderas de la diosa Annapurna. Tras un momento de duda, Lachenal le preguntó a Herzog, -si yo me doy la vuelta… qué harás tú? Herzog espetó sin pensar demasiado, -continuaré. Lachenal, ante la perspectiva de regresar solo decidió continuar a pesar de sus miedos.

Finalmente, tras muchas horas caminando en dirección a una cumbre que parecía querer alejarse, esos dos franceses entraron en la historia del alpinismo mundial, coronando el 3 de junio de 1950 el primer ochomil.

El dramático descenso, con congelaciones, amputaciones y aguaceros incesantes fue un enorme castigo para estos alpinistas que, gracias a la pasión y al ideal del alpinismo, coronaron el Annapurna sin oxígeno y con medios muy rudimentarios. Salir con vida fue la recompensa.

Para nosotros, la frase que resume esta gesta sería: como no sabían que era imposible, lo hicieron (Jean Cocteau)

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