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A todo aquel que haya tenido la suerte de leer la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Issacson, este pequeño artículo le va a refrescar la memoria con varias características de la personalidad del empresario estadounidense que falleció hace ya casi 3 años.

En Ebocame nos volcamos con todas aquellas personas que viven y adoran su trabajo y el bueno de Steve amaba, sobre todas las cosas, el imperio Apple, imperio que él había creado en el garaje de su casa en 1976.

En lugar de la creencia popular, muy instaurada en aquellos años, de que las computadoras habían sido diseñadas para las empresas, Jobs defendía firmemente la idea de que los ordenadores iban a ser utilizados por el gran público y se enfrentó por ello a numerosos directivos de las corporaciones informáticos más punteras del momento, que no dudaron en tildarle de loco.

Una de las cualidades que hicieron que Jobs consiguiera alcanzar el éxito fue “el campo de distorsión”, con el que conseguía hacer creer a los que le rodeaban que se podían lograr cosas imposibles en tiempo récord. Algunos de sus empleados decían que la forma de expresarse, cargada de pasión y sentimiento, te atrapaba y por unos instantes creías que todo lo que él decía tenía sentido, aunque estuviera pidiendo diseñar un ordenador y ensamblarlo para el día siguiente a primera hora. Cuando te quedabas a solas, el raciocinio te devolvía a la realidad.

Un gran visionario, ambicioso como pocos, que alcanzó la gloria gracias a incansables jornadas de trabajo y a la búsqueda permanente de la innovación. Como él mismo solía decir, “la gente no sabe lo que desea hasta que tú se lo muestras”.

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